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martes, 13 de mayo de 2014

EN RECUERDO DE MIGUEL ÁNGEL ALEX ORTEGA: AMIGO.


En recuerdo de Miguel Ángel Alex Ortega: amigo.

J. Carlos Perales Pizarro.

“Con todo mi cariño a Antonia, a Fernando y, especialmente, a Antonio, sus hermanos. A Chari todo mi respeto y afecto”.

D.E.P.
“Nunca desistas de tu sueño,
sólo trata de ver las señales
 que te llevan hasta él”

Le conocí desde que era pequeño. No recuerdo desde cuando porque fue desde siempre. Y desde entonces fui su amigo. La imagen más remota que recupero de él es en la escuela de Don Bartolo, en una escena que con el tiempo se volvió cómica, pero que en realidad no lo era. A su casa, donde hoy vive su hermano Fernando, acudía con mucha frecuencia. Éramos vecinos de la Calle Arroyo. Recuerdo aún algunas habitaciones. La escalera, la cocina e irremediablemente a su madre, Dolores. Su físico, grande y bonachón; su forma de hablar, que casi ha marcado estilo entre los “alex”; su bondad, su tranquilidad hacían de ella una persona amable y cariñosa, que invitaba a visitar aquella casa, cada vez que nos apetecía o era necesario. Recuerdo a Dolores, en otra época muy distinta y distante en el tiempo, cómo se quejaba de la situación en la que estaba su hijo Miguel. Cómo se refugiaba en la fe que siempre tuvo en la Virgen de los Santos para que su hijo saliera del pozo donde un día cayó. Me decía: “Carlitos, hijo, que mejor está allí que en la calle”. Tenía que ser tremendo para una madre decir aquello.

En la planta baja, en una amplia habitación montarían durante algún tiempo una especie de club, mezcla gimnasio y discoteca, creo recordar, su hermano Antonio junto al mío, también Antonio y  sus amigos. De vez en cuando entrábamos y curioseábamos. Tenían como utensilio para hacer pesas una barra de hierro y en sus extremos latas rellenas de cemento. Muchos años después, imitándolos de alguna manera, aunque con otros intereses, en este caso, musicales, Miguel Ángel, Narciso, Paco Ardila y su hermano Pepito, muy niño aún, y yo, entre otros, nos reuníamos en un viejo y desordenado almacén que “Anita Ardila”, madre de Paco, tenía en las inmediaciones de la calle Chorrillo. Allí, con cajas de cartón como batería y mucha imaginación, nos sentíamos, de alguna manera, dueños de nuestros sueños.

Antes de aquellos encuentros, la iglesia de la Victoria y la permisividad del padre Hermida nos brindaba el poder participar en guateques donde asistíamos un gran grupo de amigos y amigas. Eran los primeros bailes agarrados. Allí, como no, estábamos Miguel Ángel y yo. Muchos otros de los que me acuerdo en este momento: Paco, Narciso, Kiko, Manolito Jara, Domingo, Juanito, Jacobo y Jaime, Roque, Manoli, mi hermana Maribel, Pili, Petra Mari y un largo etcétera. Por aquella época, además, llegaba desde Medina Mari Carmen, a la que conocíamos como la “sobrina del cura”, y que enamoró a más de uno. También otra Maricarmen llegaría en aquella época, hija del Brigada de la Guardia Civil y que se convertiría en mi primera “novia”. Especialmente un triste recuerdo de José “el cerillo”, leal amigo que fue hasta su trágica muerte. Rara es la vez que no me acuerde de él al pasar por la carretera de Benalup. Durante aquella época, de guateques y de bailar agarrados, escribía “poesías”; al menos a mí me lo parecían. Releyéndolas hoy, probablemente, no tendría la misma opinión. Creo que durante la primera adolescencia todos nos hacemos “poetas”. Tanto debió ser mi cariño por Miguel Ángel que le escribí un poema, donde resaltaba su timidez, pero también su lealtad de amigo. Aún lo conservo junto a otros que también en aquella época escribí. Unos de amor, dedicados a mi primera “novia”; otros, claramente panfletarios; también a mi tío Juan Perales o Fernando Rodríguez Collantes, anarquista represaliado del franquismo y amigo de mi padre… Muchos otros. 

Conozco a Miguel desde siempre. En el libro que hicimos sobre mi hermano Alfonso, tras su muerte, seleccioné  entre muchas, la foto que ahora veis. Bajo el limonero de mi casa de la calle de los Pozos, posábamos Alfonso, Miguel, Maribel y yo. La foto invita a un chiste macabro sobre la muerte, que me permito verbalizar: “casi con seguridad que el siguiente soy yo”. ¡Cuántos muertos, carajo¡ Recuerdo que en su boda leí un pequeño texto. En él, también de manera macabra, le decía que en número de hermanos muertos estábamos empatados a tres. Ahora, van ganando “los alex”.

en patio de casa arregladaMari, Jorge, Andrés y ahora Miguel. Es difícil olvidarlos. Más aún cuando viendo a sus hijos e hijas, necesariamente te vienen a la memoria. Recuerdo a Mari pasear por la Avenida, en Cádiz, con José, arrastrando siempre su enfermedad y una sonrisa permanente que nunca olvidaré. Es como si se hubiera grabado en mi subconsciente y siempre irá asociada a Mari. De vez en cuando me cruzo por Cádiz con su hija pequeña. Es idéntica a su madre y ese recuerdo de manera irremediable aflora. Algo parecido ocurre cuando me encuentro con los hijos de Andrés. Son idénticos. No podrán negar que son Alex. Y además hijos de Andrés. Le recuerdo en el garaje del Parque, donde su padre guardaba aquel camión que hacía esa ruta tan peligrosa y bonita por la sierra. Recuerdo su accidente y su dedo, su cara, su pelo, su expresión.  Y a Jorge. Siempre. Su alegría. Sus ganas de vivir. Cuántos recuerdos me vienen de pronto. Su amistad casi familiar con “Pepe Perales”, otro de los grandes de este pueblo que se fue. Se querían como auténticos hermanos. Y, claro, que recuerdo al Jorge constante en el intento de ayudar a Miguel. Cuántos fracasos. Cuánta desesperación. Nunca tiró la toalla. En este caso, la batalla la ganó el tópico de las “carretas”, que me niego a repetir, respetando el deseo de Chari, y no los centros de terapia, ni los psicólogos.

Al escribir este artículo, me acordé de otros amigos que también murieron y a los que, como canta Silvio Rodríguez, les debo “una canción”, les debo un artículo. Se lo debo a Paco Siddharta, con seguridad un tipo excelente, que dejó de serlo cuando dejó de ser él. Con él y en el Pub Siddharta, tuvimos ocasión de escuchar música para nosotros desconocida y que Paco nos las brindaba en un pub acogedor y que fue refugio de sueños y frustraciones. Se convirtió durante algún tiempo, mientras duró, en nuestro “cuartel general”, para lo bueno y para lo malo. Los últimos años de Siddharta, cuando ya no era él, nos provocó tristeza a todos los que en algún momento le conocimos y le quisimos. Le debo una “canción” a “Curro el andarín”. Una excelente persona, un gran amigo. Conservo muy buenos recuerdos de él. Incluso buenos en sus últimos meses, porque aún estando muy enfermo nunca perdió su buen humor, su forma de contar las historia cotidianas. Siempre fue exquisito en todo. Música, ropa, calzado. Sabía y hablaba sobre pintura, música o cine. Se sentía anarquista. Siempre fue muy amigo aun de los que no fueron tan amigos. “La chicharra”, así le llamó a su pub en Cádiz. Su época de gloria e infierno también. Le casé siendo concejal. Ya estaba muy enfermo. Le debo otra “canción” a “Japi”. Conservo una foto en la que aparecemos Claudio Puelles, Antonio Ríos, mi sobrino Juan Manuel, él y yo con gorras rojas del PSOE en un estand en el Paseo La Playa donde repartíamos propaganda. Creo que era la primara campaña electoral. Siempre me llamó la atención la lealtad de Luisi, su mujer y lo enamorada que siempre estuvo; y la bondad y amabilidad de sus padres. Y también a Mamme, le debo otra canción, porque fue una más de las amigas de aquella primera época, porque su dulzura y sonrisa permanente hacía más agradable el estar, porque Nono, Antonio y Carmela permanentemente la echarán de menos y me quiero unir a sus sentimientos.  Siempre la muerte es injusta. En algunas personas más si cabe. Recuerdo a Andrés Valenzuela, a Juanini, a José el Cerillo. A muchos otros…

Cuántas vivencias. Habría contenido suficiente para escribir un solo relato con las vividas en torno a Patriste. Aquellos fueron “años mágicos”, aunque en negativo también. Nunca contemplé noches más bonitas que las de Patriste. Tenía allí Miguel, y por extensión nosotros, un magnífico refugio, para lo bueno y para lo malo. Allí recuerdo noches de luna llena saboreando sandías rotas y rojas entre risas contagiosas. Eran auténticas escenas de películas. Recuerdo en las mismas noches de luna llena, cómo corríamos por aquellos prados en un juego que a ciencia cierta no sabría especificar en qué consistía. Recuerdo las conversaciones que teníamos con el “cura”, un señor que se encargaba de cuidar el ganado o la huerta. En realidad nunca supe qué función hacía y por qué estaba allí. Y la lluvia. Las tardes de invierno y la chimenea. Los ratos con Alfonso el de Patriste. A Catalina en sus tareas domésticas. Creo que Patriste y su sierra es aún más bonita cuando llueve. Allí, en fin, se consumaron muchos sueños y, sin duda, muchas frustraciones. Allí besé por primera vez a una preciosa joven que hoy es mi más fiel y amada compañera. De allí, pasando por Alemania y otras experiencias, al pozo. Poco a poco, gradualmente. De manera casi irremediable Miguel cada vez se hundía más.

Paralelamente en el tiempo o algo después, creo recordar, teníamos ocasión de compartir la Ermita de los Santos. Dolores y Miguel eran los Santeros. Nos permitía contar, en algunas ocasiones, con dependencias del edificio donde casi a escondidas compartíamos charlas, risas y alguna que otra bronca de Don Miguel Alex, padre. Broncas, estoy seguro de ello, con motivos más que suficientes. Y recuerdo la reacción de Miguel, nerviosa y en actitud de subordinación, temor y respeto ante la autoridad de Alex padre.

Durante sus últimos años, Miguel demostró ser una excelente persona y tuvo la ocasión de demostrar y demostrarnos de lo que era capaz. No sólo salió de un pozo de donde pocos salen sin daños importantes. Salió y poco a poco se fue fortaleciendo en todos los sentidos. Buscó trabajo de manera incansable. Se enfrentó a la dificultad del trabajo, de su escasez, de su pasado y de las dudas y desconfianzas que despertaba. Pocas personas confiamos en aquel Miguel Ángel que llegaba de nuevo. Sin duda que un amigo de ambos, Antonio “el pelirrojo”, fue una de esas pocas. Ismael Vera tuvo ocasión de conocer al último Miguel. Trabajador, honesto, agradable, servicial y contento y satisfecho con el trabajo que hacía. Siempre le gustó la mecánica. Aunque algo chapucero, todo lo arreglaba. Con Ismael encontró lo que más le gustaba. El campo, la mecánica y la convivencia. He tenido ocasión de hablar con Ismael sobre él. Antes y después de su muerte. Coincidía conmigo en que era una excelente persona, extraordinario trabajador y en quien podía confiar de manera ciega, por su honestidad y lealtad.

Miguel también se convirtió en un ciudadano ejemplar. Basta con echar una ojeada a las actividades organizadas por el ayuntamiento en muchas materias y nunca, si se lo permitía su trabajo, faltaba. Eloy González, de quien en ocasiones he dicho que era el auténtico Alcalde en muchas materias, reconocía la labor de ese Miguel ciudadano en una entrada en su Facebook. Era crítico, muy crítico con el ayuntamiento socialista del momento, con el gobierno, con muchas de las iniciativas que tenía o que debía de tener. Defensor del medio ambiente y de la justicia. Era un indignado más ante la mediocridad de la política y de muchos de los políticos, de la vanidad de muchos de ellos, del desprecio que había sufrido de muchos de ellos a los que consideraba de los suyos, de los nuestros. Y el máximo defensor de “su sobrino Juan Mi”.

Miguel compañero y “padre” de los hijos de Chari. Se responsabilizó hasta tal nivel, que asistía a todas las tutorías. Me consta que le querían como a un padre, porque así actuó él. Se preocupaba por los estudios y por los problemas de convivencia. Sé que las últimas semanas tanto Chari como ellos lo pasaron muy mal. La enfermedad llevaba consigo un mal añadido que a veces hacía que Miguel dejara de ser quien era en realidad. Y lo sufrieron.

Miguel informado y con cultura. Estaba al tanto de la actualidad política en todos los ámbitos: desde lo local a lo internacional. Le preocupaba especialmente el problema del pueblo saharaui y palestino. Se indignaba con que Felipe González, a quien admiraba, cobrase de Endesa. Leía la prensa a diario. Y aprendía muchísimo de los jesuitas. Recibía periódicamente una revista de análisis y opinión que le ayudaba a entender y a opinar, con fundamentos, sobre aspectos de la realidad y del futuro. Hablaba del cambio climático, convencido de que poco a poco nos estábamos cargando el futuro. Coincidimos muchos domingos y tomábamos café en el Paseo. Siempre acompañado de Chari. Otras veces se nos unía Juan el Andarín. Debatíamos a nuestra manera sobre el “estado de la nación”, que casi se reducía a hablar de Alcalá y de sus problemas. También de sus políticos. Recordaba Miguel con frecuencia que en una ocasión en la puerta del Ayuntamiento, ante la visita de autoridades que venían de fuera, pero que eran del pueblo, le habían enviado a la policía local para evitar que él se pudiera acercar a increparles…Y recordaba con cierta amargura e impotencia que le hubieran mirado en ocasiones con desprecio o ignorándole.

Me contó que estaba de baja por un problema muscular. Luego tuve ocasión de escuchar una explicación más completa de lo que le ocurría. Me temí algo peor. Y creo que también él lo temía. Todo fue rápido. El diagnóstico y el desenlace final. Tuvo la gran suerte de estar rodeado por gente que le quería mucho. Su familia, especialmente sus sobrinas y sobrinos; Chari y sus hijos y algunos amigos y muchos compañeros.

Sabía que no quería que fuera a visitarlo. Lo entendí y así hice. La última vez que le vi fue en el Bar Pepe, frente a su casa. Estaba mal y percibí, además, que se encontraba incómodo. No volví a insistirle. Él sabía, a través de Chari, que nunca dejé de estar cerca. Sabía también que se moría. No tenía motivos para dudarlo. Sus tres hermanos habían seguido parecidos procesos. Días antes de morir, me acerqué al hospital. No entré a verlo. No hubiera querido. Tampoco yo lo quise.

                                                                 






El tiempo que hará...