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miércoles, 14 de mayo de 2014

LAS RAÍCES DE LA DIGNIDAD HUMANA

Hacia un nuevo humanismo


A la pregunta de por qué, después de tantos siglos de civilización, el pensamiento, la cultura, la ciencia, el arte y la tecnología aún no han logrado vencer totalmente la violencia, arrancar los reiterados brotes de crueldad ni paliar las lacerantes desigualdades, hemos de responder constatando el hecho de que, con notable frecuencia, estas ciencias –incluso las llamadas “humanas”- han concebido al ser humano sólo como un organismo biológico y como una persona racional, olvidándose de que, además, es un ser que siente y que sufre, que teme y que desea, que ama y que aborrece. No han tenido en cuenta que, aunque no lo sepamos explicar, en el fondo de nuestras entrañas, experimentamos la irreprimible necesidad de crecer perennemente y buscamos un destino trascendente.
Si como afirma Popper, “todos los hombres son filósofos, si bien es cierto que unos lo son más que otros”, con mayor razón podríamos afirmar que todos deberíamos ser “antropólogos” y tratar de explicitar una concepción que, a partir de nuestras convicciones más profundas y de nuestras experiencias más intensas, oriente nuestros juicios, modele nuestras actitudes y estimule unos comportamientos más coherentes.  

Apoyándonos en la Filosofía, en la Psicología, en la Sociología, en la Ética y en los principios que hunden sus raíces en los mensajes evangélicos, en sucesivas “entregas” semanales, trataré de esbozar algunos de los rasgos que determinan el supremo sentido de la dignidad humana y los significados nuevos de los objetos, las dimensiones profundas de los episodios, de las actitudes y las repercusiones de los comportamientos más característicos de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo.

José Antonio Hernández Guerrero

El tiempo que hará...