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domingo, 10 de enero de 2016

CLAVES DEL BIENESTAR - LAS ENFERMEDADES NOS DESCUBREN NUEVOS MUNDOS


Sí –querido amigo Juan-, el bienestar no sólo es compatible con la ancianidad sino también con las enfermedades. Todos hemos podido comprobar cómo incluso esas dolencias y esos sufrimientos que los males físicos acarrean nos pueden hacer más lúcidos, más tolerantes, más buenos e, incluso, más felices.

Las enfermedades, igual que la vejez, desencadenan en los seres humanos –pueden desencadenar en nosotros- profundas transformaciones y ventajosos cambios. Pueden alterar, por ejemplo, nuestras manera de relacionarnos con nosotros mismos, con las personas y con los objetos que nos rodean. A veces nos acercan a algunos seres que antes estaban alejados y, en ocasiones, nos distancian de un mundo que, ingenuamente, creíamos definitivamente nuestro. Cuando nos sentimos mal, las palabras cambian de significados porque las sensaciones, las emociones y los pensamientos adquieren diferentes sentidos y distintos valores; porque se alteran nuestras jerarquías de prioridades, de urgencias y de valores.

Es entonces cuando descubrimos nuevos alicientes en unas tareas que antes nos parecían escasamente atractivas como, por ejemplo, un silencio complaciente, una conversación amigable, un abrazo fraterno, una melodía sencilla, un paisaje apacible o una lectura sosegada.


Y es que las enfermedades nos proporcionan –nos pueden proporcionar- un mayor conocimiento de nosotros mismos y de los demás porque nos persuade directamente de que el cuerpo sí tiene que ver con el espíritu, la salud con la mente y la enfermedad con las emociones e, incluso, con las pasiones. Las enfermedades nos proporcionan los argumentos más contundentes para persuadirnos de que, por muy suficiente que nos creamos, necesitamos de la compañía, de la comprensión, de la cordialidad y de la ayuda de los otros. Como a Virginia Woolf, a mí también me sorprende lo escasamente que reflexionamos sobre la enfermedad “considerando lo común que es, el tremendo cambio espiritual que provoca, los asombrosos territorios desconocidos que se descubren cuando las luces de la salud disminuyen, los páramos y desiertos del alma que desvela un leve acceso de gripe, los precipicios y las praderas salpicadas de flores brillantes que revela un ligero aumento de la temperatura, los antiguos y obstinados robles que desarraiga en nosotros la enfermedad…”  



José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura
Universidad de Cádiz





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