¿Por qué nos creemos la desinformación?
Dan Ariely, en La espiral de la razón[1], Barcelona, Ariel, explica
cómo los seres humanos, incluso los estudiosos de las Ciencias Humanas, somos
bastante irracionales. Nos responde a preguntas que, quizás, muchos nos hemos
hecho: ¿Por qué nos creemos la desinformación, por qué la buscamos y la
difundimos de forma activa? ¿Cuál es el proceso que siguen quienes, en
apariencia racionales, adoptan y defienden convicciones irracionales? ¿Por qué
somos tan susceptibles?
La constatación de este
hecho posee una importancia mayor en estos tiempos en los que se generaliza la
desinformación, la polarización, la “indignación de gatillo fácil” y la
accesibilidad en las redes a hechos que nos afectan a todos y con los que
justificamos nuestras convicciones previas.
La lectura de los
periódicos, la escucha de las radios y la visión de los telediarios confirman
que, más que información, buscamos la “confirmación” de nuestras convicciones
previas y el rechazo de las que las contradicen. Quizás los políticos, los
religiosos y los hinchas deportivos necesitemos pensar más y mejor para evitar
alimentar y difundir convicciones infundadas e irracionales, esas que, de
hecho, son las que orientan y alientan nuestras actitudes y conductas.
A mi juicio, resultan
especialmente claras y oportunas las explicaciones sobre la desconfianza, la
incredulidad y la sospecha que, aunque sean reacciones racionales, cuando están
mezcladas con el estrés, con problemas económicos o, sobre todo, con algunos
rasgos de nuestra personalidad, hacen posible que nos aferremos a teorías
disparatadas que nada tienen que ver con la realidad.
Con explicaciones claras
y detalladas, Dan Ariely ofrece una amplia diversidad de hechos que nos llevan
a aceptar fenómenos irracionales y, de manera especial, nos previene para que
seamos conscientes de esos “altavoces” que permanentemente difunden
desinformaciones. Insiste en la necesidad de profundizar en las raíces que, en
contra de los tópicos repetidos, no es la tecnología, la inteligencia
artificial o la incapacidad de los gobiernos para “controlar” y “silenciar” esos
mensajes ingenuos y peligrosos, sino las semillas enterradas en nuestras
consciencias o inconsciencias.
José Antonio
Hernández Guerrero
Catedrático de
Teoría de la Literatura
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