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viernes, 27 de agosto de 2010

EVOCACIONES ALCALAÍNAS



50.- La Feria y la Mujer alcalaínas


Alcalá está de feria. Es una de sus fiestas por antonomasia. El privilegio de la feria de Alcalá no es de ayer; es del siglo XVI. Tanto la feria de Jerez de la Frontera como la de Alcalá de los Gazules tomaron gran importancia a partir de ese siglo, junto con las de Medina Sidonia y Villamartín. Las dos columnas que la prestigiaban eran el ganado y los talleres artesanales. A ellas acudían traficantes de todas las regiones e incluso del extranjero. Y el ornato más bello, la mujer alcalaína con sus trajes de faralaes. Hoy, Alcalá sigue ocupando uno de los primeros lugares de las ferias de la comarca, aunque su fisonomía y su contenido hayan cambiado totalmente.

En mis tiempos de niño -década de los 40-, el recinto ferial era el paseo denominado “La Playa”, con un buen alumbrado. Allí, en la cuesta de Santo Domingo, estaba la Plaza de Toros, elemento fundamental para los días de feria. Había siempre dos acontecimientos taurinos: una gran corrida para los mayores, y una charlotada para los niños y niñas. Ambos ponían la plaza a rebosar. Otro espectáculo ferial era un gran partido de fútbol en el “Joyo”, generalmente contra Medina o Paterna, al que acudía también todo el pueblo. Y el otro elemento espectacular era el Cine Gazul en Río Verde. Por la tarde echaban una película para niños y, más tarde, otra para mayores. En una caseta, un conjunto musical del pueblo organizaba el baile, mientras los chavales nos montábamos en los cacharritos.

Hoy, el recinto ferial y los elementos de divertimento son otros, posiblemente mucho más sofisticados y confortables, pero tendentes a conseguir los mismos objetivos, la diversión y el descanso del pueblo y sus visitantes. Para mí, el día central y más importante de la semana es el viernes, día dedicado a la mujer. En unos tiempos en que la sociedad se ha ensañado contra el ser más importante de los humanos, es un signo esperanzador que la mujer ocupe en sus fiestas un protagonismo especial. Y no sólo por su belleza y ornato, sino porque son las que dan vida a todo.

Cuando mi familia vivía en Alcalá, mi casa tenía seis mujeres: mi madre y cinco hijas. Después, en Jerez, nacería otra, María de Gracia, de manera que eran siete mujeres. Y ocho varones, mi padre y siete hijos. Sin las mujeres, hubiera sido muy difícil salir adelante los quince miembros en una época como la de la posguerra. Mis hermanas trabajaron casi todas en la Telefónica de Jerez, pero el tiempo libre lo dedicaban a ayudar a mi madre.


Hay unos caracteres que distinguen a las mujeres según la geografía donde han nacido, el clima, la educación, su trabajo, sus capacidades... De la mujer alcalaína podemos decir que es bella como bella es la geografía de nuestro pueblo; expresiva como nuestra flora; pasional como nuestro clima; religiosa por educación y vivencias; trabajadora porque así lo ha aprendido de sus padres; valiente ante la vida porque lucha por sus hijos; constante porque ha mantenido las tradiciones de nuestro pueblo; muchas han tenido que emigrar, pero han sabido echar raíces y adaptarse a nuevas situaciones. Nuestras mujeres son las fuentes de las que manarán hijos e hijas similares.

Por eso, para un adulto, la pérdida más dura es la de su pareja. Unamuno decía: “Ella era mi costumbre. Desde que murió, he quedado sin rumbo, desacostumbrado.” Otro poeta ha dicho: “Su muerte es lo más inoportuno que me ha sucedido, lo más injusto, un enorme agujero de soledad que no acabo de llenar.” Y los cristianos saben que, de alguna manera, el ser querido que ha muerto sigue presente aunque esté ausente. Por eso, cuando oímos que un hombre ha matado a su pareja, uno se acuerda de los monstruos. Y, si se pusiera a tiro, le diría: “Infame, no hieras a la mujer ni con el pétalo de una rosa, ni siquiera con el pensamiento.”

Es hermoso aprovechar un día de feria para homenajear a nuestras mujeres vivas y, también, a las que han muerto.


JUAN LEIVA

El tiempo que hará...