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martes, 24 de julio de 2012

EL PRIVILEGIADO PAISAJE GADITANO


                                             
Como reconocen nuestros visitantes, nuestra Ciudad posee unas condiciones naturales y unas características urbanas excepcionales para vivir confortablemente y para convivir apaciblemente. Ya es sabido que el paisaje es una realidad física y una representación cultural que confiere unas dimensiones y unos significados peculiares a las acciones que los seres humanos protagonizamos en ellos. En varias ocasiones hemos explicado cómo, a nuestro juicio, los mares que confluyen en nuestra Bahía, en este nudo de conexiones marítimas y de relaciones territoriales, contribuyen a formar el talante abierto y, al mismo tiempo, acogedor y cordial de muchos de sus habitantes. También hemos señalado la intensa influencia de los vientos, no sólo en nuestros hábitos biológicos sino también en nuestros pensamientos, en nuestras emociones, en nuestras actitudes vitales y en nuestros hábitos sociales.
Esta privilegiada situación geográfica y esta herencia del peculiar urbanismo constituyen una llamada de atención para que los consideremos como un patrimonio que, además de disfrutarlo, hemos de cuidar para rentabilizarlo y para legarlo en las mejores condiciones posibles a las generaciones venideras. Las luces, los colores, los olores e, incluso, los sabores tan peculiares de nuestras calles y de nuestras plazas, pueden verse afectados gravemente si no los tratamos, por ejemplo, como las habitaciones, los patios o los pasillos de nuestras propias viviendas.
Sin dejar de apoyar los pies en el terreno de nuestra realidad, los gaditanos, además de exigir que los políticos, ayudados por los arquitectos, sociólogos, filósofos, artistas y escritores,  elaboren sus proyectos acordes con las necesidades actuales y teniendo en cuenta nuestro peculiar modelo de ciudad, deberíamos contribuir para que las calles de cualquiera de los barrios volvieran a ser lugares privilegiados de encuentros, de reuniones y de paseos. Nuestra configuración urbana y nuestras temperaturas atmosféricas hacen posible que vivir en Cádiz no sea sólo residir sino, además, “habitar” en estos escenarios que hacen posible la convivencia y la diversión casi durante todo el año. Pero para eso serían necesarios varios cambios con el fin de que, por ejemplo, se ampliara el número de calles peatonales y, por supuesto, que contáramos con mayor extensión de carriles de bicicletas. 
Tengamos en cuenta que nuestra ciudad, igual que nuestros hogares, son espejos que proyectan nuestra vida interior, reflejan nuestro rostro y desnudan nuestro espíritu. Crear espacios de convivencia es, a mi juicio, la mejor manera de humanizar nuestra ciudad: vivir en Cádiz es convivir con nuestro mar, con nuestras plazas y con nuestras calles pero, sobre todo, con las gentes, tan diferentes y tan iguales, con las que nos cruzamos, con las que disfrutamos y con las que sufrimos. Y es que, efectivamente, si las calles y las plazas de nuestra ciudad están impregnadas de nuestras vivencias, reflejan nuestros espacios íntimos y manifiestan los contenidos profundos de nuestros pensamientos y de nuestras emociones, también deberían pregonar nuestras aspiraciones de mejora económica, de progreso social y de crecimiento cultural.
Este peculiar paisaje, la intensa luminosidad de este cielo y los permanentes cambios de estos mares, que influyen tan intensamente en nuestra forma de pronunciar las palabras y en el significado propio que les asignamos, en la manera de interpretar los cantes y en el modo de contemplar el paso del tiempo, deberían estimularnos, además, a reinterpretar nuestra existencia y a reinventar nuestro futuro. De la misma manera que esta singular configuración urbanística ha forjado nuestra peculiar idiosincrasia, el nuevo Cádiz debería ayudarnos a proyectar la vida que nos queda por vivir, a concebir, absorber y a negociar el sentido de nuestras mejores aspiraciones de futuro. Es aquí donde hemos de gestar nuestros deseos y donde han de nacer nuestros impulsos más humanos; es en este rincón donde hemos de satisfacer las ansias más nobles y donde corremos el riesgo de experimentar nuestras más profundas frustraciones.

José Antonio Hernández Guerrero
Catedrático de Teoría de la Literatura

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