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miércoles, 6 de agosto de 2014

SÍMBOLOS ALCALAÍNOS - "EOLO, DIOS DEL VIENTO"

                     

Al entrar en Alcalá por San Antonio, a mano izquierda, sale una calle rozando el Colegio “Juan Armario”. Esa calle  lleva al campo y, como un formidable lienzo que baja del cielo, aparece una gruesa y maciza torre de un molino, que se conserva intacto, pero que ha perdido sus cuatro brazos Y su techo; es decir, las aletas que impulsaban el viento para triturar con su muela las aceitunas o el trigo. A mí se me antoja que es un monumento que permanece erguido frente al ”Dios Viento”, que cada año visita puntualmente a Alcalá y a Medina. Es otro de los símbolos de nuestro pueblo: tras el Levante, la nubosidad.

¡Sabe Dios de dónde vienen esos furiosos vientos que azotan cada año nuestras tierras, nuestras casas, nuestros bosques…!  Los niños lo llamábamos “Levante”, viniera de donde viniera, pero los mayores miraban las veletas, los árboles y el humo de las chimeneas, como señal  irrebatible del camino que traían los vientos hasta llegar a Alcalá. Después, don Manuel Marchante nos explicaba que, para los griegos, el Viento era un dios llamado Eolo”. Eolo fue hijo de Helén y de Orséis. Se le describe como rey de la Eólida de la nación griega. En la Eneida de Virgilio, Juno le ofrece a la ninfa Deyopea como esposa, a cambio de enviar sus vientos a la flota de Eneas, para impedir que desembarcasen en Italia.  

Ahora, cuando vemos plagados de molinos eólicos nuestros campos, recordamos lo del dios griego.

Nosotros creíamos que los vientos venían de La Línea, de Gibraltar, de Algeciras y de Tarifa; es decir, del Estrecho, pero venían de mucho más lejos, de los mares de Levante, de los mares de Alborán, por donde se levanta el sol cada mañana. En las vegas lo suelen llamar “solano”, porque  vienen con sol y la calor. El viento es un formidable regalo de la Naturaleza: una energía, un empuje, una fuerza renovable en cada estación, una riqueza gratuita de la que se han apoderado las eléctricas. Muy pocos fenómenos superan la fuerza de los vientos; sólo dos: el mar y los terremotos.

Sin embargo, las niñas y niños de Alcalá nos aliábamos con los vientos de Levante para jugar. Subíamos a la Plaza Alta y nos poníamos en la bocana del antiguo hospital, donde tenía la Virgen de los Santos un altar. Nos poníamos en cruz y medíamos nuestra fuerza con el viento. Casi siempre terminábamos vencidos. Otras veces nos llevábamos pelotas de goma y jugábamos contra el viento. Volvíamos renovados y reforzados de la fuerza eólica.

Para los alcalaínos sólo había dos fuerzas considerables: Levante y Poniente. El  Levante, cuando se encolerizaba, era caluroso, fuerte; lo arrastraba todo, incluso los árboles, la tierra y a las mismas  las personas. El Poniente era benigno, suave e incluso frío, pero  inconstante. Los más extremosos eran el Sur ardiente, y   traía hasta arenas del desierto. El Norte era frío y helador. A veces, los picos de Grazalema y la Pilita de la Reina aparecían cubiertos de nieve.

Aquellas noches de Levante oíamos el chirriar de las ventanas intentando parar el viento. No lo veíamos, pero lo sentíamos  y nos traían una especie de depresión melancólica, de  abatimiento, pero cerrábamos los párpados y dormíamos a pierna suelta. ¡Qué levantes aquellos de Alcalá!                                                                          


JUAN LEIVA



El tiempo que hará...